…o pagando tres veces por lo mismo

Publicado el 4 octubre 2010
Archivado en Carlos Roque Sánchez | 2 comentarios


(Continuación) Sorprendentemente el juez aceptó. Y se procedió al nuevo castigo. Andaban en éste, y cuando el látigo golpeó su espalda por décima vez (10), el ladrón imploró que parasen de castigarlo. No podía soportar más el dolor.

Y rogaba ahora que se lo cambiaran de nuevo. De modo que al final el ladrón tuvo que pagar las We’ve spent countless hours surfing the Internet looking for a legitimate guide to casinos aimed at an Australian audience. diez monedas de oro.

“Si hubieras aceptado la multa, te habrías evitado comer las cebollas y no habrías sufrido con el látigo” le dijo el juez.

“Pero preferiste el camino que te pareció más fácil. Sin entender que cuando se hace algo mal es mejor pagar enseguida, cueste lo que cueste, y olvidar el asunto”. Continuó diciéndole.

“Si no ocurre que se termina pagando más veces de las necesarias. Como tú que lo has hecho tres veces”. Que fue lo que terminó pasando.

A mí este cuento me ha recordado algo que siempre le he oído decir a mi madre:

“Cuando se hace una cosa mal, hay que resolverla de la mejor manera posible y cuanto antes. Porque más vale una vez colorado que ciento amarillo”.

Lo que no sepa una madre…

Comentarios

2 Respuestas para “…o pagando tres veces por lo mismo”

  1. La historia de las doscientas cebollas… | vivirlaeducacion on octubre 4th, 2010 13:20

    […] Comprendió que nunca podría con las ciento setenta y cinco (175) que aún le faltaban, por lo que propuso cambiar el castigo por el de los veinte latigazos. (Continuará) […]

  2. fatima (6 comments) on octubre 4th, 2010 21:41

    Excelente post, pero el cuento no es así. El chico no sabía que estaba robando, nunca quiso hacer nada malo, tenía hambre sólo y ¿no le tendría alguien inquina? yo creo que sí, hay de todo en los campos del Señor. Dice el cuento que era un chico inocente y nunca estuvo colorado, porque no había hecho nada para estarlo, sólo quería comer como otros chicos de su edad hacían, tranquilo e ilusionado.
    Ah¡¡¡¡ y a veces las madres también se equivocan y los hijos no digamos. Todo el mundo se equivoca, nos equivocamos de cuento, de post y de criterio.

    Un saludo, es usted excelente narrando la ficción.

    Fátima

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